Hace algunos días me encontré casualmente con Alberto luego de varios años en los que le perdí la pista y en el ultimo lugar que me hubiera esperado: Studio54, uno de Bares Gay de moda últimamente en Medellín.
Mi amigo es uno de aquellos personajes que parece vivir en el lugar equivocado: a pesar de su manifiesta preferencia sexual por los de su mismo sexo, de alguna manera se las ingenia para andar rodeado de mujeres quienes le tienen como su mejor amigo, confidente y compañero.
Nada en su apariencia ni sus maneras delata afeminamiento, delicadeza o lo que comúnmente denominamos "pluma"; tampoco encaja dentro del estereotipo de belleza tan común en esta ciudad de moda y fashion: posee un vello corporal abundante y rebelde que nunca ha conocido las torturas depilatorias de la cera o la maquina de rasurar; es de una estura ligeramente inferior al promedio y carga unos cuantos kilitos de más que le reducen posibilidades en un mercado que valora los pectorales prominentes, el abdomen plano y el área genital sin un pelo.
De su afinidad con las mujeres y escasa la suerte con los hombres surgen los acontecimientos de esta historia.
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Marcela y Alberto se conocieron a través de una amiga común, que era al mismo tiempo compañera de trabajo de Ella y mejor amiga de El desde los días que fueron estudiantes en la misma facultad; como ocurre siempre que dos personas se están conociendo, cada uno fijó su atención en lo que le interesaba del otro y prefirió ignorar lo que siempre se acaba lamentando cuando ya no hay mas remedio.
Marcela quedó gratamente impactada por la caballerosidad y amena conversación del sujeto; por su parte Alberto creyó conocer una mujer inteligente y segura de si misma. Ambos omitieron comentar o prefirieron no preguntar acerca de sus respectivas decepciones amorosas, sus espacios de soledad y el profundo deseo de sentirse apreciados y queridos.
De la presentación inicial a la salida habitual,
sólo fueron necesarios algunos días.
sólo fueron necesarios algunos días.
Del comentario casual a las confesiones a corazón abierto,
sólo se requirieron unas cuantas borracheras.
sólo se requirieron unas cuantas borracheras.
El cruce de miradas pícaras evolucionó a la sintonía de dos sonrisas que reflejaban el mismo pensamiento; Alberto se dejó llevar por un camino que no debería y Marcela le indujo a buscarla por donde ella deseaba.
El resolvió intentarlo por curiosidad,
y ella aceptó arriesgarse a cambio de nada.
y ella aceptó arriesgarse a cambio de nada.
Fue "En una "Noche de Copas (una noche loca)"
... y nunca debería haber sucedido.
... y nunca debería haber sucedido.
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Al día siguiente, con una resaca monumental Alberto se despidió sin casi mediar palabra, con un deseo enorme de llegar a su casa y olvidar el asunto... Mientras tanto Marcela ya se estaba pintando (una vez mas), la típica película de haber encontrado al hombre de su vida.
No pasó mucho tiempo para que los deseos del uno por alejarse fueran alentados por el acoso de la otra, poco a poco la intensidad se transformó en exigencia y la molestia en obsesión.
La sucesión de eventos, que incluyeron llamadas a media noche, escándalos en la vía pública, comentarios malintencionados a los amigos comunes y todas las demás barbaridades que se le pueden ocurrir a una mente enferma, fueron el pan de cada día del pobre hombre luego que se le ocurrió la estúpida idea de probar una fruta que no tenía intenciones de llevar consigo.
Yo de alguna manera la entiendo; es que no debe existir peor frustración que haber puesto sus ojos en un maricón... y con conocimiento de causa.
Luego de un tiempo, Alberto no supo mas de Marcela... supuso que se cansó de tanto show, o que probablemente apareció en su vida algún otro incauto que acaparó su atención.
Beto inició un período de ostracismo del cual no tuve una referencia muy clara hasta nuestro encuentro donde conocí todos los detalles de la historia, además de recordar viejos tiempos y actualizarnos sobre nuestras vidas y milagros.
Sin embargo, la animada tertulia fue interrumpida cuando apareció el verdadero motivo de la presencia de mi amigo en ese lugar: un muchacho de escasos 23 años, poco agraciado y bastante amanerado para mi gusto, a quien Beto me presentó como su novio.
Mi red de informantes me confirmó lo que ya sospeché desde que vi al fulano: un don nadie, bastante recorrido para su edad y con una habilidad enorme para enredar a señores maduros, solitarios y generosos.
Yo le concederé el beneficio de la duda porque todos tenemos derecho a una nueva oportunidad.
Además, la vida me ha enseñado que los consejos son contraproducentes, cada cual debe descubrir las verdades por sí mismo y el papel de los amigos es acompañar, consolar o si las circunstancias permiten... celebrar.
Esta vez quisiera equivocarme, pero sigo pensando que el pobre Beto sigue en el lugar equivocado.









